Historia de una foto: Bodegón con maíz y uvas.

Crear, qué maravillosa aventura. Qué placentero se me hace el camino cuando las energías y el pensamiento se centran en la creación de una imagen.


Foto: Liliana Lamata B.
Bodegón con maíz y uvas. Foto: Liliana Lamata B.

Mi mente curiosa dio vueltas este pasado año 2021, entre otros, alrededor de un bodegón pintado en 1807 y que hasta la fecha no he logrado descifrar el nombre del autor.

Uvas y maíz, una mezcla inusual pero que para mí tienen todo el sentido del mundo. La idea de mezclar frutos de mis dos mundos: América y Europa me pareció interesante.


Vivo en Asturias, aquí, a diferencia de America, el maíz se cosecha una sola vez al año, en septiembre. Tuve que esperar pacientemente hasta que las mazorcas estuvieran lo más grandes posibles. Hacerme de algunas de ellas implicó pasearme entre los bellísimos túneles que forman los troncos y hojas de la planta maíz. Para el 16 de septiembre, ya tenía en mis manos las mazorcas que formarían parte de la imagen. Las dejé secar durante 15 días.



Conseguir las uvas es historia aparte. La vendimia es uno de mis eventos favoritos del año. Esta ocurre con la llegada del otoño, en Octubre. Mi viña favorita: Viña Grandiella, hubicada en el pueblo de Corias, Cangas del Narcea, aquí en Asturias, propiedad de Benjamín Alba.

En ella, me doy banquete en muchos aspectos.


Viña Gradiella. Al fondo, Monasterio de Corias. Foto: Liliana Lamata B.

Primero, por el simple placer de encontrarme en la naturaleza rodeada de sonidos de rio, viento y pájaros que arrullan mi alma. El olor a tierra que se mezcla con la fragancia dulce de las uvas inundan mi nariz y mis pulmones. A ratos me encuentro aspirando bocanadas profundas de aire, quizas en un intento de que la sensación se quede conmigo para siempre. Mi ojos recorren curiosos cada hilera, cada parra, cada hoja y cada fruto. La combinación de colores y texturas me hipnotizan, siento que ni siquiera quiero perder el tiempo cerrando los ojos al parpadear. La orquesta de estímulos es un bálsamo para los sentidos.


Vendimia en Grandiella. Foto: Liliana Lamata B.

Segundo: compartir el acto de la vendimia me hace respetar el vino que saboreo en la cotidianidad. Al estar presente, tomo conciencia de la complejidad del proceso. Hacer vino requiere del amor y la pasión de mucha gente. Desde quien sueña la viña y el vino, hasta de quien fermenta el mosto, pasando por las gentes de manos ásperas y corazón grande quienes trabajan la tierra durante todo el año.



Tercero: Soy fotógrafa y como tal, vivo para retener el pasado en cualquiera de sus formas. Quiero vida eterna para las cosas hermosas que veo. Es aquí, cuando la imaginación me comienza a atrapar y no descanso hasta no plasmar en imágenes lo que me invento sin importar la técnica.


Vendimiadoras. Foto: Liliana Lamata B.

En este caso, la viña me lo dio todo con una generosidad impresionante. Escoger cada racimo fue un reto porque todos eran estéticamente perfectos. Lo que sí tenía claro era que necesitaba uvas de diferentes clases y colores para darle movimiento a la imagen final, así que escogí Moscatel, Mencía y Albarín Blanco, uno de cada uno y con muchísima delicadeza, me las traje a casa. Estos son los racimos:



Al día siguiente, ya con mi botín en la mano, maíz y uvas, me di cuenta que me harían falta algunas hojas de parra que se me olvidó traer de la viña el día anterior, así que pregunté en el mercado municipal de Avilés quien podría tener parras cerca de la ciudad. Me refirieron a Manuel quien me permitió hacerme de algunas hojas que escogí entre verdes y secas, y de algunos tallos para complementar la composición.


El 4 de octubre ya tenía todo lo que necesitaba. Una vez puesta mi musica inspiradora, era hora de ingeniarme un sistema para componer el arreglo de tal manera de poder colgar con pabilo los diferentes elementos y que se sostuvieran sin hacerles daño. Los racimos de uvas son sumamente delicados. Como fondo, necesitaba un color neutro como el gris. La experiencia me dice que para trabajar la imagen en photoshop, el gris es perfecto. En cuanto a la luz, tenía claro que sería natural y proveniente de mi ventana ubicada a la izquierda de la imagen. Ese día estaba nublado así que no necesité ningún difusor especial. Complementé la iluminación con un reflector para que me compensara las sombras que consideré demasiado acentuadas para el caso.



Me tardé unas cuantas horas en llegar a una composición parecida a la que tenía en mente. Hice algunos cambios y adiciones en el camino. Encontré útil agregar algunos tallos que pegué con masilla detrás de las mazorcas o de las hojas para equilibrar el cuadro.



Disparé muchísimas veces. Exactamente 106 veces. Reorganicé la composición casi con cada disparo, alteré detalles minimos, pero mi ánimo perfeccionista lo agradeció al final. También quería asegurarme de que todo estuviera en foco, para ello, utilicé un diafragma 16 a 1/8 de segundo. Listo, la tenía.


El próximo paso es igual de emocionante que la toma de imágenes. Sentarse detrás del ordenador es como el director que coge la batuta para dirigir una orquesta. Suavidad, intensidad, brillo, sombras, color, textura, todo importa; todo hay que evaluarlo y corregirlo. Confieso que eliminar las cuerdas que sostenían las uvas fue especialmente complicado. Tuve que corregir algunas uvas que estaban dañadas, agregué algunas otras al final del racimo para guiar la vista del espectador de arriba hacia abajo. También apliqué textura a la "pared" para acentuar el aspecto rustico y envejecido que quería. La elección del fondo gris fue perfecta.



El tiempo se me pasó volando y cuando me dí cuenta, había pasado unas cuantas horas con la vista fija en la pantalla. No me pesa, al contrario, cuando veo el resultado final agradezco cada minuto del proceso desde el mismo momento en que soñé mi bodegón con maíz y uvas. El paso final fue imprimirla en www.color3arte.com sobre papel Fine Art. Mi obra estaba lista.


Crear, que maravillosa aventura!













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